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lunes, 27 de mayo de 2024

Fenómenos atmosféricos - 16 de Mayo 2024

EL blog La trastienda del Pecado nos retaba a escribir sobre los fenómenos atmosféricos. No llegué a tiempo para la propuesta, aunque lo intenté;  pero entre la flojera mental que arrastro desde hace más de un mes y los niños con los que trabajo que me lo complican aun más, no lo conseguí.

El desafío de Mag me recordó una conversación que tuve no hace mucho con Miguel por quejarme del mal tiempo. 

-Agradece que llueva que el agua es fuente de vida- me dijo.  A lo que yo contesté:  -Es cierto, pero sin sol la vida no es posible.

 - Es verdad, sin embargo, para ver un arcoiris hacen falta las dos cosas  - sentenció mientras dibujaba su cálida y perfecta sonrisa.

Desde que Miguel reapareció en mi vida tras cuarenta y tres años, estuvimos en contacto permanente.  Ya fuese hablando, por mensajes de voz o escritos, o de pensamiento. Puedo decir que manteníamos una conexión absoluta a pesar de los casi 500 km que nos separaban.  

El 8 de abril, a las 8 de la mañana, en el mismo momento en que comenzó a llover, presentí, como confirmé más tarde, que algo grave había pasado. Miguel ya no estaba en este plano. 

Me ha costado mucho aceptar que ya no me despertará para desearme un buen día, ni podré mantener una conversación normal  con él porque no escucharé su voz, ni me hará reir con sus chistes malos. Nunca más podré escuchar su corazón mientras reposo mi cabeza en su pecho, ni besarle, ni sentirme pequeña con el roce de sus grandes manos...

He llorado mucho, no lo niego, casi tanto como agua ha caído del cielo desde ese fatídico dia.  No obstante,  hoy 16 de mayo del 2024, el cielo vestido de un gris oscuro, casi negro, le ha abierto una ventana al sol.  

La lluvia ha cesado y he sentido la necesidad de salir a la calle.  Al abrir la puerta me he encontrado con una agradable e inesperada sorpresa.  Ha sido un momento efimero, raro y precioso. Un momento de magia que se da pocas veces.  Un arcoiris doble.  He leído que representa el equilibrio y la armonía entre lo divino y lo terrenal, y que su manifestación indica la presencia de energías positivas y protectoras.

Tal vez el trauma de perder a Miguel me haya vuelto un poco loca, pero yo creo que esa ha sido su forma de decirme que no se  ha ido del todo. Que sigue estando aquí como polvo de estrellas y puede deslizarse por mis manos cuando llueve, entibiar mi piel cuando brilla el sol, o mandarme guiños de colores con un doble arcoiris tan bonito como el de hoy.  


lunes, 8 de abril de 2024

Vuela, amigo



Hace unos meses retomé el blog porque tenía algo que decir.  Os conté, que mi primer amor, tras más de cuarenta años de búsqueda logró encontrarme, temía irse de este mundo sin que yo supiera lo mucho que me quiso. 

A los curiosos que no sepan de qué hablo, les invito a leer lo etiquetado como  Una historia verdadera  que encontraréis en la parte de arriba del blog. 

Mi amor de juventud, mi ilusión en el otoño de la vida, mi alma gemela... esta mañana ha sufrido un accidente laboral que le ha costado la vida.  Su amigo, el mismo que le ayudó a localizarme  me lo ha dicho hace unas horas.   Os lo cuento sin acabar de creerlo.  Estoy rota por el dolor ahora mismo y no se si podré volver a escribir. 

Solo quiero dejar estas palabras para él,  porque  le gustaba leer cualquier cosa que quisiera contarle:

Vuela alto, amor; vuela lejos, vuela libre y tranquilo, porque si he podido saber lo mucho que me has querido y te vas sabiendo cuanto te estoy queriendo yo. Que tu viaje sea sereno. Cuando llegues guárdame un sitio a tu lado y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te guarde en la palma de su mano. 

💖

lunes, 11 de marzo de 2024

Viaje al pasado.

En la entrada del 28 de febrero publiqué una historia basada en mi propia experiencia descubriendo ópalos “menilito” en un terreno cercano al barrio donde me crié. Supongo que son casualidades, o que el destino dibuja líneas caprichosas,  el caso es que el pasado 2 de marzo visité a mi hermano el cual sigue viviendo en ese mismo barrio. 

El motivo de este viaje era una comida con ex alumnos del instituto donde estudié, y también, si fuera posible, reencontrar a alguien de mi pasado, con quien he tenido contacto a través de internet desde hace unos meses.  


Mi cuñada acababa de preparar el café cuando recibí un mensaje:  - Me he podido escapar del trabajo y subo a verte. ¿Desayunamos?   Me puse nerviosa, porque lo que era pura teoría estaba a punto de ser una realidad.  Habían pasado más de cuarenta años y tendría delante al chico que en mi adolescencia y primeros años de juventud me hacía temblar con sólo rozar mi cintura con sus manos. Miguel, el chico que conocí en la piscina.


Me hice muchas preguntas en lo que tardó en llegar, porque pese a que habíamos intercambiado alguna foto actual, nuestro recuerdo era el de unos chicos jóvenes que apenas despertaban a la edad adulta.  Pero curiosamente, ni las arrugas, las canas y algún kilo de más consiguieron ocultar quienes éramos. Él era la misma persona y yo me sentí también la misma de entonces, con el mismo corazón y el mismo latir de tantos años antes.  Por unos instantes, tuve la sensación de que el tiempo no había pasado. 


Nos saludamos como viejos amigos y la conversación fue tan fluida como fácil. Pese a los cuarenta años pasados, yo tenía la sensación de haberle visto el día anterior. Decidimos dar un paseo retrospectivo por los lugares de nuestra memoria.  La piscina, la estación de tren, la plaza del ayuntamiento, su antigua casa, la cafetería donde fuimos a desayunar...  


El tiempo es caprichoso,  a veces pasa lentamente, y otras se va sin que te des cuenta.  Con Miguel ocurre lo segundo. Se estaba haciendo la hora de ir a comer, y como me ha pasado cada vez que lo he tenido cerca,  prioricé su compañía a la de muchos ex alumnos que ni siquiera recordaba.  Llamé a una amiga para disculparme por el plantón y lo entendió perfectamente.


Fuimos a comer a un sitio nuevo que no conocíamos ni él ni yo. Fideuá,  arroz con pollo al curry y macedonia de frutas con helado de mojito.  Algo sin muchos artificios, pero todo el mundo sabe que con buena compañía, un menú sencillo sabe a plato de estrella Michelín.  De camino hasta la casa de mi hermano el silencio se dejaba oír. Fueron unas horas de muchas emociones y tampoco hace falta hablar para saber que las despedidas no apetecen. De modo que no lo hicimos, nos dimos un abrazo fuerte y solo nos dijimos “hasta luego”. 


Ya en casa de mi hermano, una vez recogido mi poco equipaje y haciendo tiempo hasta la salida de mi autobús de regreso, me entretuve viendo el álbum de fotos de su segunda boda. Junto a una de ellas encontré un breve texto cuyas palabras tomé prestadas para incluirlas en este relato, porque me parece precioso y refleja bien mi sentir.  


“La chica de sal se había enamorado del mar escuchando su susurro azul en una caracola.   

La creyeron loca y le prohibieron acercarse a él, pero una noche, desoyendo la orden atravesó el maizal decidida a encontrarse con su amado, y con la caricia de la luz de la luna se acercó a la orilla con el deseo de sentirlo. 

Cuando una ola mojó sus pies de sal comprendió que ya no podría dejarlo.

Cuando una ola rozó sus pies de sal, tuvo la certeza de que ya no habría regreso.

Se hizo agua de mar…”  (Autor: José Buendía).

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Un jueves, un relato - ¿Y si...

 



Esta semana Mag, del blog La Trastienda del Pecado nos propone un reto muy interesante  ¿Y si…  

De entre todas las posibles preguntas que ha dado para inspirarnos, he elegido la siguiente: 

¿Y si… hallásemos una máquina del tiempo que sólo nos permitiera revivir un día del pasado? Que dia elegiríamos y que cambios impulsaríamos ese dia?  O lo dejaríamos como está? 

 

* * * * * * * *


Sin dudar un segundo volvería a un sábado del mes Agosto de 1980.  Al baile que se celebraba al aire libre junto al Ayuntamiento.  Si cierro los ojos aún puedo ver el momento. 


Yo tenía dieciocho años y él veinte. Quedamos en la plaza y al bajar cada uno de nuestro coche nos dimos la mano. Él llevaba un vaquero de color claro y una camisa blanca, yo un vestido rojo con tirantes finos, en sintonía con el tono de mis mejillas cuando estaba cerca de él. Y en la eternidad de unos minutos, el tiempo en el que sentí que era su novia, nos encaminamos hacia el lugar del que provenía la música. ¡Hey! de Julio Iglesias era la canción de moda en ese verano.


Cuál fue mi sorpresa, cuando al  llegar al recinto del baile vi a los padres de otro chico que por entonces estaba cumpliendo el servicio militar. Solté bruscamente la mano que con tanto amor me sujetaba  y nerviosa alcancé a decir: –Es que esos son mis suegros. El pobre chico quedó desorientado y no supo qué hacer o manifestar el resto de esa velada. 

Hoy sé que soltar esa mano cambió el curso de lo que pudo haber sido nuestra vida, la de él y mía juntos.  Habría sido mi amigo, mi compañero, mi amante y muy probablemente mi marido y el padre de mis hijos. Entonces no lo sabía, pero hoy lo puedo asegurar.  


Si volviera a ese instante en el que tenía su mano en la mía, al ver a esas personas le diría:  – Vámonos de aquí. Le confesaría que había otro chico, pero que lo prefería a él. Y si lo hubiera hecho, él me habría expresado lo que ha estado guardando para sí mismo toda la vida y he tenido conocimiento hace pocos meses. 


Científicos rusos se unieron en 2019 en un proyecto con colegas americanos y suizos, para crear una “máquina del tiempo”  logrando mover partículas diminutas una fracción de segundo hacia el pasado, por lo que violar la segunda ley de la termodinámica parece posible.  


Ojalá me regalase la vida la ocasión de hacer posible lo imposible.  Volver al pasado y evitar el dolor y el sangrado de un corazón roto.


Tenéis más historias basadas en posibilidades distintas >>>  Aqui


lunes, 30 de octubre de 2023

El chico de la piscina 3/3

 

Otoño de 2023

Dice el escritor peruano Everaldo Rodas que "los amores de alma siempre se volverán a encontrar, sin importar el tiempo que pase y el lugar donde se encuentren".   Una afirmación que puede dar lugar a debate, aunque sinceramente, yo lo creo.  

Hay amores interesados, amores carnales, amores fraternos, amores de verano….  Y están los amores de alma; que se incrustan, que la impregnan, que permanecen pegados a ella  como la esencia de un perfume en las paredes del frasco. Pasarán días, meses, años… El aroma te atrapará cuando destapes el tarro. 

Puedo decir que en todos estos años no me ha faltado amor. Me ha querido mi familia, mis hijos, mis amigos, los niños que he cuidado, disfruto del amor incondicional de mi nieto…  Sin embargo he comprobado que hay emociones que sólo se activan con el primer amor.

Cuarenta  años es una vida, y llegado el otoño de la mía, jamás creí verme en una situación semejante. Quienes tenemos redes sociales, sabemos que hay gente muy desesperada, aburrida, o falta de cariño, que piensa que una es tonta, o está igual de atormentada.  No sé si sentirme halagada o molesta, pero lo cierto es que no pasan dos días en que un personaje de estos no reclame “mi amistad”.  

El pasado 10 de septiembre apareció en mi Messenger de Facebook un usuario. Al principio pensé que era otro más, pero comenzó a preguntar que si había vivido en cierta localidad, si era nacida en tal sitio, si tenía este pariente… Y no voy a negar que cierto grado de preocupación se apoderó de mi, porque él sabía muchas cosas de mi y yo no le conocía. Entonces me muestra una foto mía de carnet de mi época de estudiante y en la que no contaba más de dieciséis años. El nombre de esa persona me sonaba, aunque no lograba saber de qué. Creí que era algún compañero de instituto con el que intercambié fotos al llegar el final de curso. En aquellos años era algo habitual. Y me dijo que no, que ni él me conocía de nada, ni yo a él tampoco. 

–  Entonces ¿Por qué tienes esa foto? inquirí con cierto nerviosismo.  

–  La foto no es mía. Es de un buen amigo que apenas usa las redes sociales y me ha pedido ayuda para encontrarte. Y si no te opones le diré que te escriba. 

– Bien, ¿Cómo se llama tu amigo? pregunté intrigada. 

–  Miguel Plaza Sarmiento.

Después de tantos años sin pronunciar su nombre mi pulso se aceleró. Y no diré que fue de repente, pero poco a poco se fueron desvelando recuerdos que creía perdidos para siempre.  Afloraron en mi mente imágenes claras, otras muy difusas, cubiertas tal vez por el polvo del tiempo, pero de huella profunda e imborrable. 

Y cuando alguien de tu pasado te busca después de algo más de cuarenta años, es porque sin duda tiene algo importante que contar. De modo que por supuesto y nuevamente, acepté. Le di permiso para que me escribiera. 

Miguel se disculpó ante todo por irrumpir así en mi vida, ambos tenemos nuestras familias, pero necesitaba decirme lo que ha estado guardando para sí estos años. Quería saber qué pasó. Por qué esta historia que pudo ser una, se convirtió en dos paralelas.

Hemos intercambiado, esta vez si, incontables cartas intentando dar luz a puntos ciegos de la memoria, compartiendo algo de nuestra vida actual, recordando los momentos vividos, e imaginando a veces, qué hubiera sido de nosotros si el destino nos hubiera tratado de otro modo.

Miguel necesitaba decirme muchas cosas. Que estuvo, ha estado y siempre estará enamorado de la chica de ojos verdes que le robó el corazón hace cuarenta años. Que ha guardado mi foto en secreto toda su vida. Que lo hubiera dado todo por mi, incluso su empresa y que se hubiera casado conmigo para formar una familia.

También me ha contado la infructuosa búsqueda que ha llevado hasta el día que su amigo me encontró. Miguel, entonces sin redes sociales, se desplazaba en tren recorriendo cientos de kilómetros, para un día encontrarme por casualidad en un bar, en la estación, en la piscina... Nunca nos dimos las direcciones, pero él sabía en qué barrio vivía yo. Algunas veces montaba guardia en su coche durante horas por si me veía salir de casa. Preguntó a mucha gente por mi; en el pueblo, en el barrio, incluso a algún familiar mío. Y nadie, nunca, le dio razón alguna de mi. Ni tampoco a mi me hablaron de él.  Es algo que no logro explicarme. 

Cuando llegaron las redes sociales me buscó en Internet sin resultado alguno tampoco. La culpable sin saberlo fui yo misma. Nunca he sido dada a exponer mi vida en la Web, ni a desvelar muchos datos sobre mi persona. En Facebook fui Ardilla Roja muchos años. No lo ha tenido nada fácil, la verdad.  

Me ha confesado además, que perdida la fe de encontrarme, me buscó en otras parejas. Por el color de los ojos, por el mismo corte de pelo, o por ser de complexión delgada. Se volvió tan loco, que estuvo a punto de abandonar a su novia de entonces por una yugoslava que conoció en un viaje a Italia. Sólo porque de algún modo esa mujer le recordaba a mi. Su amigo, el mismo que me localizó, impidió que cometiera tal disparate. Si alguna vez lee esto, sé que se reconocerá. Desde aquí le doy las gracias. 

Como declaración de amor, porque de esto va esta historia,  es la más directa, profunda, sincera y bonita que yo he escuchado en toda mi vida. Y como romántica irremediable que soy, he oído muchas en los cientos de películas que he visto a lo largo de los años.

Nuestra separación, hoy lo sé, fue muy sangrante y dolorosa para Miguel, mi chico de la piscina, mi primer amor verdadero.  Me apena mucho no haber conocido antes lo que he sabido ahora, porque probablemente la historia hubiera sido muy diferente.  ¿Por qué nadie me dijo nada? ¿Por qué todo el pueblo se puso de acuerdo en fastidiarnos la vida?  Es algo que no comprenderé jamás.   

Si casualmente hay jóvenes leyendo estas líneas, atended bien:  No os de miedo decirle a la persona que amáis, que la amáis. No os de vergüenza.  El amor es el alimento de la existencia. No huyáis nunca de él, porque la vida se va en un suspiro, creedme. Si calláis, la otra persona puede interpretar muy mal vuestro silencio. Los sentimientos no se adivinan, se comparten. De lo contrario, pasaréis por una realidad a medio gas el resto de vuestras vidas. Arriesgaos y abrazad el amor escrito con letras grandes. Y si sale mal, sale mal; pero ¿Y si no?

Miguel y yo, ahora estamos casi más cerca de la otra vida que de esta y no podemos hacer grandes planes, pero con nosotros queda demostrado que Everaldo Rodas tiene razón. Los amores de alma siempre vuelven a encontrarse, sin importar el tiempo y el lugar donde se encuentren. En nuestro caso después de cuarenta y tres años en un mundo impalpable y extraño, pero no deja de ser un lugar y siempre voy a estar agradecida.



lunes, 23 de octubre de 2023

El chico de la piscina 2/3


Verano de 1980

La vida transcurría de manera sencilla. Cumplía con las tareas impuestas para ayudar en casa por las mañanas y por las tardes, con mis amigas íbamos a la piscina, al cine, o nos juntábamos para merendar y contarnos las últimas novedades que hubiese en nuestras vidas.  

Por entonces ya me había sacado el carnet de conducir y algunas tardes me acercaba con el coche hasta el pueblo de San Félix. Aparcaba en el puerto y me iba caminando a lo largo del rompeolas hasta la punta.  Allí me sentaba en una de las rocas y dejaba que el aire salino me dictara las historias que unas veces escribía y otras sólo imaginaba. En alguna ocasión lancé mensajes en botellas, que el mar estrellaba contra las rocas la mayor parte de las veces y las que no, quién sabe a dónde fueron.   

Por ese tiempo, el muchacho en quien debería pensar estaba haciendo el servicio militar, pero el destino, caprichoso la mayor parte del tiempo, actúa sin permiso y maneja los hilos a su mero antojo. Cierto es que existe el libre albedrío, aunque no siempre es todo tan sencillo.


Era un viernes por la tarde. Fui al supermercado a comprar una nueva libreta donde recoger mis desvaríos literarios y en la cola de la caja, en el momento de pagar alguien me habló. Era un familiar de Miguel, mi chico de la piscina, del que hacía dos años no había vuelto a saber nada.


- ¡Cuánto tiempo sin verte! Me dijo.

- ¡Ya lo creo! ¿Cómo estáis todos?


Sin esperar respuesta me ofrecí a llevarle en coche. Al llegar a su casa, le ayudé a bajar la compra y exclamó:


     -  ¡Entra! Que a  lo mejor alguien se alegrará de verte.


Había un chico que en poco tiempo volvería de cumplir el servicio militar; no obstante, las ganas de ver a Miguel pudieron más que mi voluntad y entré en la casa. Recuerdo la cálida bienvenida de su madre, su sonrisa, la complicidad de su hermana... Miguel no estaba en ese instante, aunque no tardó en llegar.  


Al entrar se quedó mudo. No esperaba verme allí frente a su madre.  Me saludó con un hilo de voz apenas perceptible, ensordecido quizás por el latir de mi propio corazón. Me propuso ir a tomar algo y con la misma celeridad que subí a los autos de choque en el verano de mis dieciséis años, acepté la invitación. Las ganas de estar con él, aunque fuese el rato de un refresco, nuevamente pudieron más que cualquier otro argumento. 


Por entonces, en el pueblo se organizaban bailes al aire libre los sábados por la noche. Y quedamos en vernos allí. Yo me hacía la valiente sacándolo a bailar, aunque por dentro me estuviera quebrando como las hojas secas. No sé que tema sonaba. Probablemente fuese The power of Love cantado por Jennifer Rush. Era el de moda en esos años.
El caso es que al posar sus manos en mi cintura, mi nivel de adrenalina aumentó al instante.

Convencida de que esas cosas se veían, como el color de mi cara al sospechar que me miraba;  no dije nada.  Estando con él sentía algo fuerte, amenazante y nuevo.  Ahora sé decir qué es, pero entonces, siendo casi una niña, condicionada en buena parte por la educación estricta que me dieron, no acerté a ponerle nombre.


Hubo más sábados de bailes lentos, más cosquillas internas, más taquicardia y más temblores, que ni Miguel percibió, ni yo le supe expresar. Hoy en día, a los dieciocho años las chicas son diferentes, saben de todo, maduran antes, pero entonces, al menos yo, me vi frente a un tren de mercancías sin control, totalmente desarmada.  


El servicio militar terminaba y en la encrucijada de lo que pudo ser el inicio de una vida totalmente distinta;  tomé la vía más fácil, la más cobarde, la de salir corriendo. Y también la más difícil. La peor de todas.  Le dije a Miguel que tenía otro novio, inventé que me iba a casar y seguramente alguna mentira más que no recuerdo. Para apartarlo de mí y evitar así la desazón interna que sentía teniéndolo cerca.  Él tampoco me dio a entender nada. Era un buen chico; reservado, prudente, y tan tímido como lo fui yo. Encajó la "bofetada", respetó lo de "mi boda" y me dejó marchar.


Al final no me casé, aquello no hubiera funcionado. Y menos con alguien que no me removía los cimientos de aquel modo. ¿Por qué no le fui a buscar?  Después de apartarlo de mí de esa forma, seguro que habría roto mi foto y me habría borrado de su recuerdo.  Fui cobarde. No me atreví.



2/3

lunes, 16 de octubre de 2023

El chico de la piscina 1/3


Agosto de 1978.  Semana de las fiestas del pueblo. 


Tal vez era lunes, no lo recuerdo, pero si el brillante sol de esa mañana y la ligereza que da estar aún de vacaciones. La piscina municipal era un reclamo cercano donde combatir el calor veraniego y con mis amigas del barrio íbamos a diario, desde las diez de la mañana hasta la una más o menos. Disponíamos de tres horas despreocupadas en las que sólo queríamos jugar en el agua, tomar el sol, y por supuesto hablar de chicos. Todo el mundo sabe que con dieciséis años no se piensa en mucho más.    


Siempre he sido una persona muy tímida. Pensar que alguien me viese quitarme la ropa y quedarme en bikini, era suficiente para encender mi cara de color rojo amapola. En realidad nunca vi a nadie mirarme, pero así era yo entonces. 


Esa mañana, al entrar en el recinto le vi por el rabillo del ojo. Un chico alto, delgado, de músculos discretos pero bien definidos, con la media melena que se llevaba entonces, y una mirada traviesa y punzante que me ponía nerviosa perdida. Ahora lo sé, las hormonas hicieron de las suyas conmigo, porque estaba con más gente y no sabría decir si eran chicos o chicas, altos o bajos, morenos o rubios.  



A pesar de mi timidez intentaba captar su atención de las formas más absurdas. Me aplicaba protector solar, me tumbaba sobre la toalla, entraba en el agua, salía...  Y hacía como que no le veía, pero le vigilaba. Cuando él iba a darse un baño, se sumergía, le perdía de vista un rato mientras buceaba, y al ratito emergía como Poseidón por la escalera que tenía frente a mi. Lento, se alejaba caminando por el borde hacia su zona, dejando tras de sí las huellas de sus pies mojados; las cuales poco a poco y sin remedio morían evaporadas con el efecto del sol. 


En la semana de fiestas, se instalaron en el pueblo los autos de choque y como no había mucho más en qué entretenerse, las tardes las pasábamos allí. Si alguien de la pandilla te invitaba a subir, genial y si no, escuchabas la música que salía de los altavoces y mirabas cómo los demás se divertían. Una canción en concreto sonó mucho esos días -Niña de los ojos verdes- de Manolo escobar. Se ve que al encargado le gustaba esa canción, o alguien se la pedía. No lo sé. 


El caso es, que escuchando esa canción,  el chico de la piscina, Miguel, estando yo apoyada en una barra frente a los altavoces se acercó a mi.

-¿Quieres subir? Me dijo.

Él no era de la pandilla pero no le había quitado el ojo desde que le vi y desde luego acepté.

Los días siguientes pasaron entre baños de agua y sol, helados y viajes en los autos de choque.  

 

                                  

Acabaron las fiestas y con ellas el verano. Los autos de choque se fueron y la piscina cerró. Miguel, regresaba a su ciudad y aunque hoy parezca extraño, en aquel tiempo no había móviles, ni redes sociales con las que mantener contacto, se entregaban fotos y se escribían cartas en papel, de las que llevan un sello y se echan en un buzón. Cuando nos despedimos, a Miguel le di mi foto, sin embargo, ni él ni yo pensamos en escribirnos. ¿Para qué, si en el verano siguiente nos veríamos de nuevo?    


Llegado septiembre regresé al instituto y la ausencia combinada con la distancia al final crearon el olvido. No recuerdo cuantas veces viajé con Miguel en los autos de choque. Tal vez no fueron muchas, no obstante, esos momentos iban a marcar mi vida.  




1/3





Salvar los bosques, es salvar el clima

Combate la deforestación. Ayuda a Greenpeace

Home (Casa) - una película de Yann Arthus-Bertrand

Aprovechando la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente, el 5 de junio del 2009 se estrenó el largometraje documental “Home”, una producción que se filmó durante año y medio en 54 países, y que muestra imágenes aéreas de la degradación de la Tierra a causa de la actuación humana sobre el planeta.

Pincha la imagen para ver el vídeo

Planeta Tierra, Siempre

Tal vez ya lo conozcas, pero si no, emplea unos minutos en ver esta maravilla de video, de The Secret Tv. Tendrás la sensación de volar y entenderás por qué es posible que seres de otros mundos visiten nuestro planeta. ¿Acaso no es el mejor sitio para vivir?