16.11.2009
Ante un nuevo ingreso hospitalario elijo mirar las cosas por el lado positivo. Me digo que voy a un hotel a descansar y no dejo un solo detalle al azar. Acomodo en una pequeña mochila el mp4, los auriculares, el móvil y su cargador de batería, el libro que estoy leyendo (en este caso Paula de Isabel Allende), papel para escribir, mi colección de bolígrafos de colores… Y en la maleta, la bolsa con los útiles de aseo, la ropa interior, unas zapatillas, la bata; porque no es plan de salir de la habitación de cualquier manera y como no, los mejores pijamas. La edad o la poca salud no están reñidas con la coquetería. En un hospital universitario, nunca se sabe qué nuevo interno puede visitarte.
Llegué al hospital de Larrey sobre las tres y media de la tarde. Es un hospital pequeño, dependiente del gran monstruo de Rangueil y está situado en la ladera de un monte, en las afueras de Toulouse.
Hechos los trámites de ingreso me dirigí a la planta de Endocrinología en el cuarto piso. Una de las enfermeras me reconoció, algo que me sirvió de poco dado que la habitación que me asignó carecía de ducha.
–De todos modos has tenido suerte-, dijo Colette, la auxiliar que me acompañó. -Las vistas desde este lado son las mejores- Era cierto, unos árboles se desvestían impúdicos ante mis ojos, tejiendo con la caída de sus hojas una bonita alfombra naranja y oro en el suelo del jardín. Otros, vestidos de rojo se erigían como firmes guardianes al pie de la loma y pequeñas casitas de paredes rosadas contemplaban tímidas el fulgor del otoño, que a esas horas de la tarde impregnaba de luz ambarina todo el paisaje.
Me quedé pensando en lo positivo de ir al pasillo a ducharme y tras varias componendas, decidí que no sería tan malo. En el hospital hay poco en qué ocuparse y el paseo hasta el cuarto de baño restaría minutos al aburrimiento; aunque el precio a pagar fuese mostrar a los demás mis greñas matutinas y los pliegues de la sábana marcados en mi cara.
Deshice el equipaje, distribuí mis pertenencias en las baldas del armario, me puse el pijama y me dispuse a esperar la cena leyendo un rato.
Enfrascada en la lectura de la desgarradora historia de Paula, escuché en el cuarto contiguo el golpeteo típico del agua al estrellarse contra el suelo. Los asuntos ajenos por lo general no suscitan mi interés; sin embargo entre esas cuatro paredes y sin compañía, las horas se hacen tan largas que los pensamientos vagan libres.
Bien, si las habitaciones de este lado del pasillo no tienen ducha, ¿por qué mi vecino se está duchando? me pregunté. Dispuesta a desvelar el misterio, cerré el libro, lo coloqué en la mesilla y sin ningún pudor me acerqué a pegar mi oreja a la pared. –Parece mucho ruido para una ducha- me dije. La duda quedó despejada cuando desde el techo, por la junta del aparato de aire acondicionado, comenzó a caer agua sobre mi cabeza.
Fui rápida, subí a la cama de un salto antes de que una catarata desembocara sobre mí. Llamé a las enfermeras con el timbre que cuelga del cabecero. Estas, al ver la cascada no necesitaron explicaciones y avisaron de inmediato al equipo de mantenimiento. Entretanto mi habitación se iba convirtiendo poco a poco en una piscina accidental.
A los pocos minutos se presentó un par de fornidos y guapos muchachos, armados con un aspirador gigante. Cerraron el paso del agua y sin perder un instante comenzaron a retirar la del suelo. Una enfermera, varias auxiliares muertas de risa y visitas de otras habitaciones contemplaban la escena desde el pasillo y yo, con cara de alucinada, el pelo mojado y mi pijama nuevo de ositos rosas; permanecía sentada en la cama igual que un muñeco en medio de una tarta.
Fue una situación extraña; pero divertida al fin y al cabo . Al día siguiente me cambiaron de cuarto. En esta ocasión con peores vistas, sin embargo podía controlar el momento de tomar “mi ducha”.
* * * *
Sé que me repito; pero quiero agradecer de corazón vuestros mensajes. Unos de preocupación, otros de ánimo y todos con mucho cariño. Incluso he recibido una llamada del Cardenal Farenas y Sandra S, desde el otro lado del Atlántico. No tengo el correo de todos para corresponder a cada uno como merece, por eso desde aquí, GRACIAS.
Aún no sé todos los resultados. Los que me han dado son buenos y nada hace pensar que los que faltan no lo sean.
Abrazos a todos/as. Sois unos cielos de caramelo.