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sábado, 26 de marzo de 2011

Entre batas blancas y jeringuillas - Bajo otro prisma.

Miércoles 16 de Marzo del 2011
Hospital Universitario Larrey de Toulouse


     Queridos blogueros y amigos:

     Desde el lunes me encuentro de nuevo entre batas blancas, jeringuillas y agujas hipodérmicas. Como os comenté, el protocolo médico exige controles minuciosos en entorno hospitalario. El Servicio de Endocrinología me recibió como siempre, ordenado e impecable, con ese olor a cloro y desinfección que caracteriza a todo buen hospital, dispuesto a acogerme mientras duren dichos exámenes. La habitación que me han asignado está ordenada de la forma habitual: el cuarto de baño al entrar, junto a la puerta; la cama en el centro, flanqueada por una mesita y un sillón con respaldo reclinable junto a la ventana y en la pared, frente a la cama, un pequeño armario y un televisor de pantalla plana suspendido como un cuadro.

     Tras deshacer mi maleta y colocar su contenido en las baldas del ropero, la enfermera me puso al corriente de la agenda de la semana: Lunes análisis de sangre, martes recogida de orina para recuento hormonal, miércoles lavado intestinal; jueves tomografía completa y el viernes escáner abdominal, sin olvidar la alimentación asociada a todas estas pruebas; una comida de lo más insustancial y repugnante que los sanitarios llaman “dieta sin residuos”. Los primeros días han discurrido sin incidencias. Todo es rutinario, casi mecánico, sólo las visitas de los estudiantes y sus actividades alteran de vez en cuando la atmósfera de este entorno de asepsia y medicación.

     Hoy el viento sopla con fuerza en el exterior del edificio y mientras espero el mejunje para la limpieza intestinal, un silbido de tristeza se ha colado por la junta de los cristales de la ventana. Recuerdo la noche vivida en una habitación del Hospital Morales Messeguer en Murcia, el 23 de diciembre pasado. En ese caso yo ocupaba el sillón del acompañante. El corredor estaba decorado con motivos navideños y el personal clínico hablaba sobre la fiesta del día siguiente. De repente el crujido sordo del somier me alertó. Mi padre no dormía. 
     — Papá, ¿te duele? Si sufres dímelo y aviso a la enfermera.
     No contestó, se agarró con fuerza a la barandilla de la cama y se colocó de lado. El cangrejo asesino que carcomía sus vértebras parecía darle tregua al moverse; pero al momento el maligno apretaba con más ahínco sus tenazas. Entonces, agotado, volvía a la postura inicial. Así y con la ayuda de una bomba de morfina alcanzó el 24 de Enero, día en que se desprendió del dolor e inició su viaje sin regreso. No se quejó en ningún momento.

      Mi padre fue un guerrero, un luchador valiente, un ejemplo de entereza y temple ante la adversidad. Yo, su indigna hija, me amilano frente al recipiente de dos litros de laxante que la enfermera ha dejado sobre la mesa hace un minuto. — ¡Venga, no seas gallina, hay cosas peores! — me aliento a mi misma mientras lleno el primer vaso. Ya no hay vuelta atrás, acerco a mis labios el bebedizo y embucho el salado elemento con rapidez. Decanto de nuevo la garrafa y trago como si mi vida dependiera de ello; una vez, dos, tres... el nivel desciende a medida que aumenta mi asco; pero sigo bebiendo. Por fin, como el borracho que apura la botella en la barra de un bar, vierto el último sorbo y degluto sin piedad, golpeo la mesa con el culo el vaso y me limpio las boceras con el dorso de la mano.

     En unos minutos comenzará "el baile" y no me tocará con el más guapo, mas no debo quejarme, en el mismo momento habrá personas agarrándose a la vida a dentelladas mientras sostienen una batalla feroz contra un mal asesino. Yo el viernes volveré a casa

     Soy una cobarde con mucha suerte.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Desde el corazón


Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que, cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco,
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.
Dilectos lectores y amigos:
Como sabéis este ha sido un año complicado para mí. Empezó con ciertos eventos familiares teñidos de tristeza y en mayo me diagnosticaron una especie de parásito, un alienígena, un ocupa inesperado al que llamé “Feo”, que me extirparon en junio. Reposado el hervidero de emociones que ha supuesto este ir y venir entre batas blancas y jeringuillas, quiero dedicar estas palabras a quienes han sido directos sufridores de mis lamentos, mis lágrimas, mis preocupaciones, mis miedos…   y los que me han ayudado de forma consciente o sin saberlo a superar los obstáculos en este periplo.

Entre los profesionales de la salud que me acompañan desde el inicio, quiero destacar la figura de mi cirujano.  Es de esas personas que transmiten confianza a simple vista. Un hombre encantador, de trato exquisito, de voz cálida, mirada serena y guapo hasta decir basta.  Esto último no es una condición indispensable para ser un buen profesional (es el mejor);  aunque a nadie le amarga ver un rostro agradable.  
Otra persona a destacar es mi hermana.  Estuvo conmigo los primeros días tras la intervención.  Se me anuda la garganta al recordarlo.  Mi aspecto de árbol de navidad fuera de fechas, con cables y abalorios colgando, era bastante patético. Fue una muleta de lujo. Deberían clonarla y ofrecer el resultado en kits de supervivencia. 
Mis dos hijos, que me han permitido ser egoísta sin un reproche ni un mal modo en todo este tiempo.  Estoy muy orgullosa de ellos. Todo lo que diga en su favor es poco. Su existencia es motivo suficiente para estar agradecida.
Mi querido y perenne amigo, J.R.  En cualquier circunstancia es como el oxígeno; vital e imprescindible para mi. Ansío que la nube negra que lo asfixia desde hace años, que le seca las arterias de su economía y mina su salud;  esa maldita hija de puta llamada Crisis, se disipe de una vez y para siempre. Nadie merece un desgaste semejante.

Personas con las que sólo me relaciono por Internet y que merecen una mención especial como es mi profesor de El Desván de la Memoria, Ramón Alcaraz.  Sin contar mi familia, fue el primero en conocer mi problema. Generoso en palabras de aliento, me regaló valiosos consejos que me van a servir el resto de la  vida.  Espero como su alumna “progresar adecuadamente”  y darle muchas alegrías literarias.
Las sensibles y encantadoras Maat, Mercedes, Felisa, Teresa, Susana, Tag y María José.  Sus correos fueron como lucecitas en medio de la bruma.  Deseo que la vida las bendiga con mucha salud y éxitos.
No olvido a Izara, mi pastor de ovejas favorito y amigo entrañable en la distancia.  El aire de sus jaras ha oxigenado mi espíritu en momentos de gran desaliento. La sencillez de su poesía es una perla valiosa y muy rara. Confío en que las deidades literarias le sean favorables y siga escribiendo para disfrute de todos. 

Desde el corazón, mi sincera y eterna gratitud a todos ellos.

Psd- No ignoro las señales que desde la víspera de mi operación y por los canales más extraños y misteriosos me llegan desde Zaragoza. Cariños en forma de nueces, lotería, nuevos amigos... Ojalá pueda efectuar pronto la visita que tengo pendiente con esa tierra.   

Gracias por llegar hasta aquí. Un abrazo.  

sábado, 21 de noviembre de 2009

Entre batas blancas y jeringuillas IV - 20 años antes


17.11.2009

La mañana ha discurrido tranquila.  Después del traslado de habitación me han visitado varios internos y otros tantos estudiantes de segundo de medicina.  Los chicos dejan de afeitarse para aparentar más edad e infundir confianza en los pacientes. Son los médicos que me tratarán en el futuro y sin embargo en sus caras no dejo de ver a los niños que han sido hasta hace poco.  Alguno, no ha logrado disimular su timidez y se ha ruborizado al colocar su fonendo sobre mi pecho.  Otros, en el momento de posicionar los parches para el electro, han apartado la mirada de la abertura de mi pijama.

Al verles he pensado en mi hijo.  No olvido la tarde de febrero que regresé de otro hospital con él en brazos. Hace ya veinte años y parece que fue ayer. Lo acosté en la cuna sin sacarlo del saquito azul que lo envolvía.  Hacía mucho frío, la casa estaba helada y él era tan pequeño… 

Con dos añitos, casi siempre con las letras del revés, miraba muy atento cualquier papel escrito.   -¿Y ese “mununo”, mamá?- Ese es el número dos, le contestaba yo dándole la vuelta al texto.  Con tres, se fijaba en el dibujo que formaban las palabras e intentaba leer.  
- Mira, mamá… “Co-ca-co-la”
- No cariño, ahí pone  Cacaolat.
De repente, una mañana me di cuenta de que debía ponerme de puntillas para darle un beso.  

Al quedarme sola en el cuarto no he resistido la pulsión de llamarle; su voz rebosante de juventud me anima y me da fuerzas para soportar mejor las horas de espera hasta volver a casa.   
-¡Mamá, tengo una buena noticia!, ¡me han llamado hace cinco minutos para decirme que estoy contratado!-   Cualquiera que tenga hijos mayores puede imaginar lo que he sentido. El día anterior tuvo su primera entrevista de trabajo y ha conseguido el empleo, la prueba de fuego definitiva que lo hará entrar en el mundo adulto.  

He colgado el teléfono sonriendo, contenta, casi feliz. Cuando me dijo que dejaba de estudiar me enfadé, pero ahora, incluso el tejado del módulo de radiología que se ve desde la ventana se me ha antojado menos feo.  No hay mejores gafas para ver bonita la vida, que las buenas noticias.   


* * * *

18.11.2009  

18.00h - Estoy en casa. Sigo esperando resultados; pero lo importante, lo que más me quitaba el sueño, el análisis de factores hereditarios; ha salido negativo.  Marcaré estos dos días en el calendario como fiestas a celebrar. 

jueves, 19 de noviembre de 2009

Entre batas blancas y jeringuillas III - Situaciones inesperadas

16.11.2009

Ante un nuevo ingreso hospitalario elijo mirar las cosas por el lado positivo. Me digo que voy a un hotel a descansar y no dejo un solo detalle al azar.  Acomodo en una pequeña mochila el mp4, los auriculares, el móvil y su cargador de batería, el libro que estoy leyendo (en este caso Paula de Isabel Allende),  papel para escribir, mi colección de bolígrafos de colores…  Y en la maleta, la bolsa con los útiles de aseo, la ropa interior, unas zapatillas, la bata; porque no es plan de salir de la habitación de cualquier manera y como no, los mejores pijamas.  La edad o la poca salud no están reñidas con la coquetería. En un hospital universitario, nunca se sabe qué nuevo interno puede visitarte. 

Llegué al hospital de Larrey sobre las tres y media de la tarde. Es un hospital pequeño, dependiente del gran monstruo de Rangueil y está situado en la ladera de un monte, en las afueras de Toulouse. 

Hechos los trámites de ingreso me dirigí a la planta de Endocrinología en el cuarto piso. Una de las enfermeras me reconoció, algo que me sirvió de poco dado que la habitación que me asignó carecía de ducha.  

–De todos modos has tenido suerte-, dijo Colette, la auxiliar que me acompañó.  -Las vistas desde este lado son las mejores-  Era cierto,  unos árboles se desvestían impúdicos ante mis ojos, tejiendo con la caída de sus hojas una bonita alfombra naranja y oro en el suelo del jardín.  Otros, vestidos de rojo se erigían como firmes guardianes al pie de la loma y pequeñas casitas de paredes rosadas contemplaban tímidas el fulgor del otoño, que a esas horas de la tarde impregnaba de luz ambarina todo el paisaje.

Me quedé pensando en lo positivo de ir al pasillo a ducharme y tras varias componendas, decidí que no sería tan malo. En el hospital hay poco en qué ocuparse y el paseo hasta el cuarto de baño restaría minutos al aburrimiento; aunque el precio a pagar fuese mostrar a los demás mis greñas matutinas y los pliegues de la sábana marcados en mi cara. 

Deshice el equipaje, distribuí mis pertenencias en las baldas del armario, me puse el pijama y me dispuse a esperar la cena leyendo un rato. 

Enfrascada en la lectura de la desgarradora historia de Paula, escuché en el cuarto contiguo el golpeteo típico del agua al estrellarse contra el suelo.  Los asuntos ajenos por lo general no suscitan mi interés; sin embargo entre esas cuatro paredes y sin compañía, las horas se hacen tan largas que los pensamientos vagan libres.

Bien, si las habitaciones de este lado del pasillo no tienen ducha, ¿por qué mi vecino se está duchando? me pregunté. Dispuesta a desvelar el misterio, cerré el libro, lo coloqué en la mesilla y sin ningún pudor me acerqué a pegar mi oreja a la pared. –Parece mucho ruido para una ducha- me dije.   La duda quedó despejada cuando desde el techo, por la junta del aparato de aire acondicionado,  comenzó a caer agua sobre mi cabeza. 

Fui rápida, subí a la cama de un salto antes de que una catarata desembocara sobre mí. Llamé a las enfermeras con el timbre que cuelga del cabecero.  Estas, al ver la cascada no necesitaron explicaciones y avisaron de inmediato al equipo de mantenimiento.  Entretanto mi habitación se iba convirtiendo poco a poco en una piscina accidental.  

A los pocos minutos se presentó un par de fornidos y guapos muchachos, armados con un aspirador gigante. Cerraron el paso del agua y sin perder un instante comenzaron a retirar la del suelo. Una enfermera, varias auxiliares muertas de risa y visitas de otras habitaciones contemplaban la escena desde el pasillo y yo, con cara de alucinada, el pelo mojado y mi pijama nuevo de ositos rosas;  permanecía sentada en la cama igual que un muñeco en medio de una tarta.

Fue una situación extraña; pero divertida al fin y al cabo . Al día siguiente me cambiaron de cuarto. En esta ocasión con peores vistas, sin embargo podía controlar el momento de tomar “mi ducha”. 

* * * *

Sé que me repito; pero quiero agradecer de corazón vuestros mensajes. Unos de preocupación, otros de ánimo y todos con mucho cariño.  Incluso he recibido una llamada del Cardenal Farenas y Sandra S, desde el otro lado del Atlántico. No tengo el correo de todos para corresponder a cada uno como merece, por eso desde aquí,  GRACIAS.

Aún no sé todos los resultados. Los que me han dado son buenos y nada hace pensar que los que faltan no lo sean.

Abrazos a todos/as. Sois unos cielos de caramelo.

viernes, 24 de julio de 2009

De vuelta ¡por fin!


Ante todo, muchas gracias por vuestros comentarios. Podría contar esto vía email, pero no tengo el correo de todos y con lo despistada que soy puedo dejarme a alguien.

Sé que me repito, pero habéis sido un apoyo muy grande para mí desde que empezó este mal sueño que ya, por fin, empieza a ser historia. Vuestros mensajes me han dado mucha fuerza. He podido enfrentarme a otra semana de hospital. Quien haya pasado por ello, sabe lo que significa. Te conviertes en un número y pierdes el control sobre absolutamente, todo. Qué y cuándo comer, donde hacer pis, cuándo dormir, levantarte e incluso cuándo caminar.

La “escentigrafía”, una de las pruebas que he sufrido, en si es totalmente indolora, lo difícil es pasar los días previos sin morir de hambre. ¡Y con lo que a mi me gusta comer bien!
Veinticuatro horas antes de inyectarme en vena un isótopo radiactivo, el protocolo dice que se han de beber dos litros de cierto catártico. Sabe a rayos y el paso siguiente mejor me salto porque es ¡horribleeeee!

El efecto del purgante te deja tan débil, que la hora y media que has de pasar inmóvil mientras una maquina te fotografía desde todos los ángulos imaginables cada centímetro de tu organismo, es bastante soportable. En ese tiempo se piensa en tantas cosas... Ha sido una semanita dura, pero lo importante es que las imágenes han salido bien.

Me vais a dejar que desde aquí mande un guiño especial a cierto amigo cuyo nombre obvio porque él se reconocerá. Pese a los muchos problemas que esta maldita crisis le está acarreando, no ha dejado de apoyarme ni un solo instante desde que empezó esta pesadilla. En fin, estoy falta de palabras y sobrada de sentimientos. El me conoce bien y si sigo escribiendo es probable que llore. No le gusta que lo haga, pero no sería bien nacida si no le diera las gracias por estar siempre ahí.

En agosto dejaré el árbol nuevamente solo, pero esta vez por placer. ¡Ya era hora! Sé que lo cuidaréis bien mientras yo esté fuera. Esta, es vuestra casa. Iré unos días a Murcia para que mi madre vea que estoy bien. Parece no creérselo del todo y como Santo Tomás, ha de verlo con sus propios ojos. Ya se sabe… las madres somos así.

Y esto es todo por ahora. Sed buenos y en lo posible no perdáis la salud. En estas ramas se os tiene mucho afecto.

Un abrazo

domingo, 28 de junio de 2009

MUCHAS GRACIAS

Hola amig@s:

Esta vez no traigo crónicas de hospital. Me he limitado a reunir fuerzas para poder daros las gracias a tod@s, por vuestro apoyo y por vuestro recuerdo. Sois maravillosos.

Únicamente quiero contar un detalle que me ocurrió al entrar en quirófano. Antes de salir de casa, metí en mi nuevo móvil una serie de imágenes y dibujos que asocio a personas que quiero y una de ellas es una imagen de la Virgen del Pilar. Sé el cariño que le tiene mi mejor amigo e intuía que en algún momento, mientras esperaba noticias mías, se acordaría de ella.

Ya en quirófano, una de las enfermeras del equipo de anestesia, se acercó a mí para darme ánimos. No te preocupes, me dijo, todo va a ir bien. Al escuchar mi inconfundible acento le brillaron los ojitos, se dio cuenta de que era española y me dijo que su marido era aragonés. Sería una simple casualidad, tal vez lo dijo para que me sintiera más cómoda, más cerca de casa, o para que no pensara tanto en lo que iba a suceder inmediatamente, pero para mí que no soy en absoluto creyente, fue como una señal.

Todavía estoy débil. Me quitan los puntos el miércoles y tengo que volver al hospital antes de que acabe julio para estudiar periferias (no me preguntéis, porque ni yo sé qué es eso), pero de una cosa si estoy segura, tuviese la Virgen del Pilar algo que ver en esto o no, creo que le debo una visita.

Disculpad mi pereza al contestar correos, pero es que estoy muy cansada.

Un abrazo fuerte a tod@s, y gracias otra vez.

viernes, 12 de junio de 2009

Entre batas blancas y jeringuillas - II


09.06.09
Está siendo una noche difícil. El miedo a que la bolsa del suero quede vacía me impide dormir con normalidad. En situaciones así, me dedico a descubrir sonidos que durante el día apenas percibo. Así, el burbujeo del oxígeno de Madame Ling o su propia respiración, toman protagonismo.

A partir de las dos de la mañana el ritmo de la ciudad de Toulouse se ralentiza. En medio del sin fin de puntos de luz que alumbran las calles, los semáforos de una plaza con su baile rojo y verde consiguen sumirme en un intenso sopor; pero el grito de alguien llamando a las enfermeras me devuelve de nuevo a mi vigilia. El nivel del suero ha bajado mucho. Decido concentrar mi vista en el goteo incesante, "cling, cling, cling"…. Siento como entra en mi vena, segundo a segundo, continuo, húmedo, frío… Ya queda poco y sin embargo parece que no tenga fin.

No sé cuándo me he dormido. La enfermera que me ha quitado la bolsa de la disolución salina ha sido tan sigilosa que no me he dado cuenta. En la pantallita del móvil veo que son las tres y media. El ulular de las sirenas de las ambulancias se intensifica a estas horas de la madrugada y el sueño, complicado desde el inicio, se ha roto por completo.

Recuerdo que una noche siendo niña tampoco podía dormir. No cesaba de dar vueltas en la cama y mi abuela desde su cuarto me chistaba: -¡Shhh! ¡Para ya! Si no te quedas quieta no te podrás dormir-.
Su técnica no funcionó, cuando mis abuelos se estaban levantando para ir a coger tápena yo todavía seguía despierta. 

Pese a la insistencia de mi abuela para que me quedase en la cama, me daba miedo quedarme sola en aquella casa tan grande y me fui con ellos. 

La poca hierba de los bancales, perlada de rocío mojaba mis piernas. Era agradable respirar el frescor de la tierra en un amanecer todavía violáceo, con un sol que apenas despertaba.

-Tú no cojas que te pinchas-, me decía mi abuela para impedir que me acercase a la mata. Ella sabía que en mi afán por ayudarles, entorpecería sin duda su tarea. La tápena había que cogerla deprisa, antes que los rayos del sol le quitasen su frescura. Si la cosecha era buena, una parte la vendería y la otra la pondría a macerar en sal y vinagre. Eran otros tiempos y las cosas más sencillas. Ojalá esta noche hubiesen estado mis abuelos en la habitación de al lado.

El cielo de Toulouse empieza a clarear cuando entran a cambiar las sábanas de Madame Ling. Su edema pulmonar la hace toser con tanta violencia que se ha orinado en la cama. Sentada en el sillón, con su negro cabello revuelto, intenta ocultar su rostro con sus manos menudas. No quiere que nadie la vea la vea llorar.

jueves, 11 de junio de 2009

Entre batas blancas y jeringuillas

Hola amigos :

Como el Guadiana reaparezco de nuevo. Tampoco es un regreso definitivo, pero quiero compartir con vosotros lo que a modo de diario, he ido escribiendo en las setenta y dos horas que he vuelto a pasar entre batas blancas y jeringuillas.
08.06.09

Aquí estoy de nuevo entre estas paredes rosadas. Curiosamente me ha tocado instalarme en la misma habitación. La enfermera que me ha acompañado me ha dejado sola mientras tomo posesión de la parte que me corresponde; la cama junto a la ventana, también como la otra vez. El lugar que debería ocupar la otra está vacío. Tal vez a mi compañera le estén haciendo alguna prueba, pienso mientras coloco en el armario el poco equipaje que se lleva a este tipo de alojamientos.

Pasados unos minutos vuelve la enfermera con una cuña y un frasco igual a los que tuve que llenar en mi anterior ingreso. –Ya sabes-, me dice. -Cuando quieras hacer pipí, lo haces aquí y nos avisas para trasvasarlo a este contenedor-. "Contiene acido clorhídrico” se lee en la etiqueta.

-No puede ser, ¿es una broma? ¡Esta prueba ya la hice cuando vine el mes pasado!

-¿Tengo cara de estar bromeando?

No, no la tiene. O se ha levantado de malhumor esta mañana, o se le ha puesto viniendo a trabajar, o simplemente es su carácter; pero su cara de vinagre ha dejado claro que no se trata de un chiste.

Para evitar contestaciones desagradables he optado por no decirle nada más. Me ha colocado una vía. Gota a gota mis venas deben ingerir dos litros de suero salino que ha marcado mi doctora. Tras colgar la primera bolsa se ha marchado.

Estoy en el mismo hospital, en la misma habitación, en la misma cama y tengo que seguir haciendo pis en un orinal en las próximas veinticuatro horas. Sin duda el destino está jugando conmigo. ¿Estaré atrapada en un bucle del tiempo?

Recuerdo a la mujer argelina con la que compartí cuarto; no comprendía muy bien el francés y era difícil mantener una conversación con ella. Las horas pueden ser muy largas cuando no se tiene con quien hablar. Ahora estoy sola. ¿Será ella la ocupante de la cama que falta?

No miro el reloj, simplemente dejo que pase el tiempo. He empezado a leer uno de los libros que me envió Ramón, el profesor del taller de escritura. “Buenos Dias” de Alicia González, otra de sus alumnas en El Desván de la Memoria. Miriam, la protagonista, también cuenta su historia desde la cama de un hospital.

No sé cuanto tiempo ha pasado. Me he quedado dormida y la reconocible voz de las enfermeras me despierta. Le colocan bien el oxígeno a mi nueva vecina. No creo que sea puro azar, en algún lugar ha de estar escrito que esta es la habitación de las extranjeras. No se trata de la argelina, pero mi nueva compañera no habla ni entiende una sola palabra de francés. Entre los indescifrables sonidos que salen de su garganta alcanzo a entender "campuchea", por lo que concluyo que es camboyana.

-No, lo siento. No hablo su idioma- le digo.

Es una situación bastante surrealista. Ella sigue hablando, ríe… Una muela de plata destaca solitaria en su encía inferior derecha. Una de las enfermeras anota en una hoja los pocos efectos personales que trae consigo: una bolsa de plástico amarilla que contiene un pantalón negro, un jersey morado, su ropa interior y unos zapatos negros que por su tamaño parecen los de una muñeca.

-Pipi, pipi, dice de pronto. Una auxiliar le acerca una cuña, pero no es eso lo que quiere. Madame Ling abre la boca con gestos desesperados. Tras varios fallos de interpretación, deduzco que tal vez desee beber agua y le muestro mi botella. Ella, contenta, asiente con su boca desdentada y como buena oriental me hace varias reverencias.

El trajin que se oye en el pasillo me indica que se acerca la hora de la cena... (sigue)

viernes, 15 de mayo de 2009

Hola a tod@s.


Asomo el hocico un momento para tranquilizar a todos los que me habéis mandado mensajes de ánimo durante estos días.  No necesito nombrar a nadie, porque ya sabéis quienes sois. 

Cuando te llueve la información de un médico y de otro, en algunos casos contradictoria, terminas por volverte medio loca. Pierdes las ganas hasta de cotillear, de reírte, te imaginas que tienes lo peor del mundo y te repliegas sobre ti misma, como si fueses una tortuga dentro de su concha. Aunque parezca una tontería, esos mensajes vuestros, me han ayudado a mantener un poquito la cordura y mirar las cosas con cierta perspectiva. 

Este no es un regreso definitivo, pero escapo de las órdenes médicas un instante, para ventilar mí casa-blog y mandar un saludo a todos mis desvaneros y demás amigos de buena voluntad. De corazón, muchas gracias a todos.

He estado unos días siendo objeto de estudio por parte del equipo de Nefrología del hospital de Rangueil en Toulouse y ya hay un diagnóstico claro. A mí siempre me gusta saber con quien trato y este inquilino que se ha acomodado sobre mí riñón derecho se llama, Feocromonosequé. Si amigos, yo soy así de exótica, no me conformo con una apendicitis simple, o con unas piedras en la vesícula. Y hasta que no sea desalojado, tengo que tomarme la vida sin ninguna prisa y con muuuucho descanso. 

Permitidme que dé las gracias también a la escritora de los ojos bondadosos, Felisa Moreno, por tener el detalle de mandarme su novela a tiempo de llevarla conmigo. Sin duda estos días que he pasado entre batas blancas, tensiómetros, vías endovenosas y mi vecina de cuarto argelina que no sabía una palabra de francés; hubiesen sido más difíciles sin la compañía de esa agradable lectura.

“La asesina de los ojos bondadosos” Un curioso título que ni a las enfermeras dejaba indiferentes. No he podido terminarlo porque no me han dejado muy tranquila, pero sólo me quedan un par de capítulos. 
Pues eso, que ya estoy por aquí.

Un abrazo fuerte.

Pd- Por cierto... ¿Quién lleva el bus esta semana?


Salvar los bosques, es salvar el clima

Combate la deforestación. Ayuda a Greenpeace

Home (Casa) - una película de Yann Arthus-Bertrand

Aprovechando la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente, el 5 de junio del 2009 se estrenó el largometraje documental “Home”, una producción que se filmó durante año y medio en 54 países, y que muestra imágenes aéreas de la degradación de la Tierra a causa de la actuación humana sobre el planeta.

Pincha la imagen para ver el vídeo

Planeta Tierra, Siempre

Tal vez ya lo conozcas, pero si no, emplea unos minutos en ver esta maravilla de video, de The Secret Tv. Tendrás la sensación de volar y entenderás por qué es posible que seres de otros mundos visiten nuestro planeta. ¿Acaso no es el mejor sitio para vivir?