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viernes, 13 de octubre de 2023

Niusa, la libelula del estanque


Suelo pasear por las inmediaciones del lago artificial que está cerca de mi  árbol. Y ya se sabe que a las de mi especie nos gusta corretear y saltar de rama en rama sin prestar demasiada atención a lo que ocurre, pero yo no soy una ardilla común, me llaman la atención ciertas cosas.


Estaba degustando unas bellotas encaramada en la gran encina que está cerca de la orilla, cuando  la he visto  muy quieta sobre la hoja de un  iris amarillo. Es Niusa, la pequeña libélula y primera bailarina del estanque. 


 


Estaba cabizbaja, apática, triste; ajena diría yo, a las caricias que el sol le estaba prodigando con sus largos y tibios dedos. Bien parece que ese hilo invisible que mantiene vivos los corazones de las libélulas haya sido cortado y la pequeña Niusa haya olvidado incluso quien es.


Las ardillas no conocemos el lenguaje secreto de las libélulas y no es algo que hubiese echado de menos, me bastaba verla bailar con la luz del sol a ritmo de bolero o cha-cha-cha, dando vida a singulares y bellos arcoíris tornasolados a través del prisma de sus finas alas.


Si pudiera le diría que entiendo su melancolía, que las lágrimas de ahora le impiden ver el reflejo de su cuerpo azul en el lago, pero antes de lo que imagina, sus grandes y garzos ojos volveran a mirarla desde el espejo del agua. Le diría que pronto sentirá ganas de bailar un bolero con el sol; sin embargo, no puedo.


Si tu conoces su lenguaje, habla con ella.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Guarapo. El paraguas que quería ser flor

En la web de Ediciones Fergutson ya no aparece y algunos de vosotros habéis mostrado interés en leer el cuento. El nombre salió de jugar con las letras de la palabra paraguas y acabo de saber que así se llama una bebida colombiana. ¡Todo está inventado!.  Aquí os lo dejo. Espero que os guste.

Guarapo.
El paraguas que quería ser flor

Guarapo, el paraguas con los colores más alegres del mundo, yacía abierto en el porche de la casa.  Dejando a la vista una de sus varillas,  escurría lánguido el agua acumulada en la última tormenta.  Su amigo el viento, que era un travieso, le silbaba: fiuuuuuuuu; le hacía cosquillas, intentaba volverlo del revés, lo empujaba, lo cambiaba de lugar…  Pero nuestro pobre paraguas había perdido las ganas de jugar y arrastraba lastimoso su desnuda baquetilla por las baldosas del soportal
-¿Qué te pasa hoy, Guarapo?  ¿Por qué no das piruetas como otras veces? ¿Estás enfermo?- Le preguntó su amigo, preocupado.

-No me gusta mi vida.  He dejado de importarle a mi dueña. A veces pasan varios días hasta que me recoge y me mete en el paragüero. Luego allí, es todo tan oscuro y triste…

-¿Y en qué has pensado?

-¿Sabes, amigo? a veces miro las flores y sueño.  Ellas también tienen vivos colores y se mojan cuando llueve, pero están felices porque después ven el sol.  Me gustaría ser flor… -dijo abatido.

-Las flores son muy bonitas y a los ojos de los demás su vida es muy alegre, pero no creas que divertida -explicaba el viento, que viajaba mucho y se enteraba de todo-. Les atacan enfermedades, les caen encima las pelotas de los niños que juegan en el parque,  y si no llueve en muchos días o nadie las riega, se secan y mueren.  Tú no ves el sol, pero paseas por las calles, ves las luces de las tiendas… Acompañas a tu dueña cuando nadie más lo hace, y eso es muy importante para los humanos.
-Sí, Viento, lo sé.  Pero estoy convencido de que mi dueña quiere un paraguas nuevo.

En una suave brisa el viento seguía hablando. Sabía que en las afueras de la ciudad había un sitio donde los humanos reparaban objetos y con las cosas viejas fabricaban otras distintas. No estaba seguro de que fuese la mejor solución para su amigo, no obstante lo vio tan triste que le contó de qué se trataba.

-¿Lo dices en serio? Me encantaría conocer ese lugar. No dudo que es lo más conveniente y mi dueña no se sentiría culpable por deshacerse de mí.

-Soy tu amigo y, sea cual sea tu decisión, te apoyaré.

-¡Pues sopla, Viento!  Tan fuerte como puedas y ayúdame a volar.

Guarapo estaba decidido. Echó una ojeada con cierta melancolía al porche en el que había escurrido el agua tantas veces. No había vuelta atrás.  El viento se aplicó hinchando mucho los mofletes y con un violento resoplido elevó a Guarapo por los aires.

El viaje hasta el patio del taller de reciclaje no fue fácil. Con la varilla descosida se enganchaba en los cables del teléfono, en las antenas, en los alambres de los tendederos… Tras muchos tumbos y volteretas, tomó tierra junto a unas viejas y oxidadas máquinas de coser.  Al caer, se rompió la bella empuñadura de madera. No empezaba con muy buen pie su nueva vida; daba igual, estaba seguro de que todo saldría bien. Él lo eligió así y veía su futuro con optimismo.

A la mañana siguiente, el sol brillaba con intensidad.  Uno de los trabajadores reparó enseguida en los llamativos colores de Guarapo: ¾Tu estructura está hecha polvo, pero tienes una tela preciosa. Veré qué puedo hacer contigo ¾ comentó para sí el operario mientras en su cabeza imaginaba la nueva apariencia de Guarapo.

Nuestro protagonista no podía hacer otra cosa más que dejarse llevar.  Fue descosido por completo y su tela lavada, cortada y vuelta a coser. Al verse reflejado en la luna del escaparate, apenas se reconocía. Se había convertido en una bonita cometa.



Guarapo estaba desbordante de alegría. Una mañana voló tan alto en la playa que dejó de oír el mar, los gritos de los niños, las gaviotas de las rocas e incluso las motos de agua. Entonces se dio cuenta. Él había querido ser flor para ser feliz, pero la felicidad no está en lo que uno es o puede llegar a ser. No la encuentras en las metas que se alcanzan, sino en el camino hasta llegar a ellas, en los amigos y la gente que nos quiere. 
Guarapo supo que era feliz porque su amigo el viento estaba allí.  ¿Qué interés tendría, si no, ser cometa?  

lunes, 30 de marzo de 2009

Memorias de una lenteja


Todo comenzó cuando Pedro, el niño que vive en esta casa, tuvo que hacer un experimento con legumbres. Pudo haber elegido judías, o garbanzos; pero el destino quiso que cogiese el tarro de lentejas en el que yo estaba. Unas cayeron sobre una camita de algodón húmedo, dentro de un vaso que quedó junto a la ventana. Otras tuvimos peor suerte y fuimos a parar a la puerta de la nevera. Para ver la diferencia, le dijo el crío a su madre. 

Las primeras horas fueron duras, pero algo en mi corazón de lenteja, me decía que no debía rendirme, que en algún momento vendría Pedro a sacarnos y todo terminaría bien. De morir, quería hacerlo dignamente, en una olla, e inundada de grasa de chorizo como correspondía a una legumbre como yo. Mis compañeras no resistieron la primera noche y perecieron tiritando, pero yo debo ser de una rara especie, porque incluso logré germinar. 

En las horas transcurridas en la oscuridad de la nevera, fui testigo de algo, que por increíble que parezca no deja de ser cierto. Al principio lo tomé por un delirio, pero enseguida me di cuenta de que las voces que escuchaba no estaban sólo en mi mente. Con claridad distinguí dos mandarinas hablando entre ellas, y más tarde se sumaron las de otros inquilinos de aquel  frío habitáculo.
-Míralo, decía la más pequeña, se cree alguien por tener esa forma tan masculina. 
-Es cierto, nuestras redondeces gustan a todo el mundo, apostilló la más madura. 
-¡Inocentes! ¿Es que no habéis visto mi tamaño?, intervino rimbombante un pomelo solitario. 
-Tú eres un amargado y vosotras unas envidiosas. Nosotras tenemos zumo, dulzura chispeante y el tamaño perfecto. Nadie puede negarlo ¡somos las reinas del frutero! sentenció muy segura de si misma una naranja.
-Pero qué ilusas sois todas, mis formas sinuosas son mucho más bonitas, dijo una pera pavoneándose entre ellas.

Nunca imaginé que sentiría compasión de un plátano. El pobre no entendía que lo hubiesen dejado entre esas vanidosas y egocéntricas locas, en el frío de la nevera. Y sin saber rezar, ambos rogábamos para que se abriese pronto la puerta. 
Los cuchicheos de las mandarinas no cesaban y la discusión entre la naranja y el pomelo iba en aumento. Un par de tomates que descansaban prudentes en un estante, no pudieron callar más y rojos de rabia gritaron: ¡¡Igualdad, igualdad... nosotros, también somos frutas!!   El frío y las voces ácidas de sus vecinas ponían al plátano cada vez más negro y un puñado de ciruelas que yacían en un cuenco, con un temblor verdoso, tiritaban asustadas temiendo su muerte. Por fin, se abrió la puerta de la nevera y se hizo el silencio.

 La vida puede ser dura, pero a veces ocurren milagros. A la madre de Pedro le emocionó tanto ver mi germen, que me enterró en una maceta . Ahora vivo transformada en planta de lenteja en una cornisa  bañada de sol.  De las frutas de la nevera, no supe nada más. 
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Salvar los bosques, es salvar el clima

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Home (Casa) - una película de Yann Arthus-Bertrand

Aprovechando la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente, el 5 de junio del 2009 se estrenó el largometraje documental “Home”, una producción que se filmó durante año y medio en 54 países, y que muestra imágenes aéreas de la degradación de la Tierra a causa de la actuación humana sobre el planeta.

Pincha la imagen para ver el vídeo

Planeta Tierra, Siempre

Tal vez ya lo conozcas, pero si no, emplea unos minutos en ver esta maravilla de video, de The Secret Tv. Tendrás la sensación de volar y entenderás por qué es posible que seres de otros mundos visiten nuestro planeta. ¿Acaso no es el mejor sitio para vivir?