http://pateremon2.blogspot.com/, te va a encantar.
Abrazos

Algunos inviernos,
cuando el frío escarcha la hierba volviéndola grisácea, el lago se convierte en
un gran ojo congelado con el iris verde alga, que mira sin pestañear
acristalado y dormido hacia un cielo lechoso. Al llegar la primavera, los dedos
cálidos del sol lo despiertan maquillando sus párpados de tonos amarillos, con
iris y lirios de agua. Al marrón de la tierra y los troncos de los árboles, en
cualquier momento puede unirse el de las crías de los patos, que tras su madre
salen del nido a iniciar su primera singladura sobre el agua. Parecen pequeños
barquitos de cáscara de nuez, aún inestables sobre las olas. Explotan distintos
verdes en cada paso. La hierba adquiere un verde brillante, el generoso verde
de las ramas de los sauces acaricia el cristalino del gran ojo y todo parece
llenarse de vida verde.
La visión de
aquellos querubines sonrosados y rubios volando como gordas mariposas entre
flores blancas, inmutables santos, monjas y cirios, era turbadora. Me giré hacia
mis compañeras de clase buscando un gesto de complicidad, una señal que indicase que no me estaba volviendo loca, mas no daban muestras de percatarse de
nada. Entonces recordé las palabras de
mi madre. Fui buena, seguí cantando y guardé silencio. ¿Quién me hubiese creído?. En las visitas
siguientes observaba recelosa las paredes por si emprendían otra vez el vuelo y
aunque hubo otros despegues, ninguno fue tan espectacular como el que acabo de relatar.
Al morir le di asilo en mi memoria y vez en cuando,
como un manantial que brota entre las rocas, fluye claro a través de mis
recuerdos.
Entonces lo vi. Entre viejos baúles, antiguas porcelanas y distintos objetos de hierro forjado. Observé que tampoco era nuevo, sin embargo conservaba todavía la distinción y la elegancia de su noble madera. Hacía calor, hasta el barrio del Carmen me esperaba un largo paseo, pero me había robado el corazón y lo llevaría conmigo.
Hoy no sé por qué he regresado por el corredor y a la altura del despacho de la directora, casi en el vestíbulo, he visto que entraba Richard Gere con un niño de la mano. -¿Es posible?... ¿Y nadie le reconoce? ¿Qué hace en este pueblo perdido del sur de Francia? ¿Llevo bien el pelo?- me preguntaba mientras se acercaba a cámara lenta. Por un instante me he visto como Vivian Ward en Pretty Woman, llevando un precioso vestido rojo con escote palabra de honor.
La cama común, ese objeto tan tradicional en la cultura occidental, consta básicamente de una superficie rectangular llamada somier, que se apoya sobre cuatro patas que pueden ser de madera o hierro forjado según los gustos. El somier está fabricado con estrechos listones o muelles metálicos entretejidos, y sobre él descansa el colchón. A la cama se la viste con sábanas y según la temperatura ambiental, estas se cubren con una colcha o un edredón. Tras esta operación, se dice que la cama está “hecha” y lista para ser usada. 

Bienvenido, humano. Tanto si eres un viejo conocido, como si te han recomendado este sitio, o si te has perdido y estás aquí por casualidad.
Espero que lo que encuentres en estas ramas sea de tu agrado y disfrutes leyendo, tanto como yo al escribir


Le espero,
Le aguardo con el resplandor
que da la espera.
Reservándome para el encuentro,
el más alto brillo y la mejor imagen.
No sé si llegará a tiempo,
o ya estaré en el suelo
con tantas hojas secas
apagada.
No importa.
Lo importante es el momento,
en que vivo en la rama
mi ilusión con alfileres.
Poema de Milagros, del blog
Poeta en paro



En mi jardín tengo un árbol.
[...] escucho su latir, me aferro a sus flancos y lo apretujo contra mi pecho como si fuera un niño. Froto mi mejilla en su tronco, respiro el agreste aroma de su resina, percibo la savia de sus vasos, la siento en mis dedos palpitar.
¿Se puede amar a un árbol? En su tronco he grabado mis iniciales dentro de un corazón.












