Cuando María José Moreno propuso para este Sábado de Mercedes escribir sobre La segunda oportunidad, enseguida tuve claro qué contaría.
13 de abril de 1986
03:15 de la madrugada
Enfilé la última curva antes de llegar al cruce y de repente algo me golpeó la cabeza, después la espalda y tras varias sacudidas se apagaron las luces del vehículo y todo se detuvo. Ocurrió al volver de una fiesta, a unos cinco kilómetros del pueblo. Palpé en el asiento contiguo buscando el bolso, necesitaba las llaves de casa y sólo encontraba cortezas de alcornoque y ramas de pino. El toro negro de la noche me corneó con sus entrañas zaínas y la realidad me abofeteó implacable, sin piedad; mis padres me matarían.
La puerta estaba bloqueada y no me quedó otra opción que salir por el hueco que encontré a tientas entre el parabrisas y el techo. Me abrí paso entre arbustos que arañaban como gatos rabiosos, el pecho me ardía, sentía nauseas y mis piernas tenían la misma fuerza que unas hebras de lana.
Lo siguiente que recuerdo fue la luz de una linterna enfocando mi cara y la voz reconfortante de un chico.—Tranquila, todo irá bien. Ya he llamado a la ambulancia.
—¿He chocado contigo?
—No, yo iba detrás de ti.
—Mis padres me matarán. Necesito mi bolso, tengo que ir a casa y las llaves están dentro — le comenté señalando el lugar del siniestro.
La ambulancia no tardó en llegar y desperté de nuevo en un box de Urgencias.
—¡Vaya, Belladurmiente, has abierto los ojos!. Has tenido mucha suerte. ¿Sabes donde estás?— Me preguntó una enfermera mientras apuntaba algo en un impreso.
—Si, en el hospital. Menos mal que me seguía ese chico.
—¿Qué chico?
—El que estaba conmigo y ha llamado a la ambulancia.
—Me temo que el golpe de tu cabeza ha sido muy gordo. ¿Qué recuerdas de tu accidente?
Le expliqué lo mismo que acabo de relatar. La versión oficial es que me encontró la policía y me sacaron del coche por el parabrisas. Lo que no entendimos ninguno es que no tuviera un rasguño, ni corte, ni fractura; sólo un traumatismo craneal, un gran golpe en la cabeza que me hizo perder el conocimiento (siempre según la versión oficial) y del que no hubo más secuelas. Mis padres tampoco me mataron.
¿Fue un milagro? ¿Tuve suerte?... Esa experiencia me enseñó a valorar cada instante de vida por lo que es en si mismo, algo fantástico, único e irrepetible que hay que vestir de fiesta. Cada despertar es una nueva linea de salida, una oportunidad de enmendar errores y alcanzar cualquier tipo de meta.
* * *
Gracias por detenerte aquí.
Un abrazo.