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lunes, 12 de septiembre de 2011

Encuentros y desencuentros - Por casualidad



Abril del 2011 - Tras las vacaciones de primavera.

Mae, la mayor de las niñas que están a mi cargo iniciaba sus clases de tenis. Todos los lunes la acompaño a las cinco y cuarto de la tarde. Un pequeño giro que en poco cambiaría mi rutina, vivo a escasos metros de las pistas y coincide con la hora del paseo con los peques. Lucas, que acaba de cumplir un año, es un bebé grande, tranquilo, regordete, rubio y sonrosado.  Le encanta ir recostado en su sillita mientras caminamos bajo los sauces del lago, sus ojos azules brillan de excitación al ver bailar sus hojas.  Maureen es la mediana, cumplió los cuatro en febrero; es menuda, vivaracha, inquieta... de cabello castaño, mirada oscura, penetrante y seductora; una pequeña bruja sin escoba, cuya sonrisa es capaz de quebrar cualquier voluntad. 

— Carolina me ha dicho que va a ir a los columpios mientras su hermana aprende tenis—  Su perfecta hilera de dientes de ratita y los hoyuelos de su cara no esperaban un no por respuesta, así que una vez estuvo Mae bajo la responsabilidad de la monitora iniciamos el trayecto hasta el parque. La fresca brisa rompía el espejo del lago formando reflejos discontinuos, los sauces parecían inclinarse a nuestro paso y el sol, por fin desperezado de su letargo invernal acariciaba con amabilidad nuestros rostros.  Era uno de esos instantes mágicos en los que no se piensa en nada, sólo respiras en armonía con el entorno y das gracias a la vida. 

— ¡Mira, allí está Carolina! — gritó Maureen señalando a una niña rubia que se balanceaba suspendida de una cuerda.  Al llegar junto a ella regresó a mi memoria el angustioso momento vivido en la consulta del médico cuatro años antes, cuando la doctora solicitó mi ayuda para sujetar a una bebita accidentada en la camilla.  Los ojos azules de Carolina y la cicatriz de su frente no dejaban lugar a dudas. Por suerte, a tan tierna edad no se conservan recuerdos y la niña me saludó con agrado.

— Hola, Carolina ¿has venido con tu mamá? — le pregunté mirando hacia los bancos de alrededor. La pequeña negó con la cabeza y sin esperar más cuestiones, bajó de un salto de la soga, cuchicheó algo al oído de Maureen y corrieron juntas hacia el tobogán. Busqué una sombra donde colocar a Lucas que mordisqueaba concentrado su jirafa de goma y me dispuse a trabajar en los apuntes de un nuevo relato.  

De pronto una varonil y agradable voz latina me sobresaltó:

— ¿La mamá de Maureen?, soy el papá de Carolina. 
No le vi llegar; pero estaba frente a mi. Con su porte elegante, su cabello gris y sus ojos de mirada abisal y punzante. Mi Richard Gere de broma, mi dios secreto del sexo, mi casual desorden afectivo. Aquel que espié durante un curso escolar entero, me recogió del asfalto cuando resbalé en el hielo, y al que por culpa del inestable  azar no había vuelto a ver. Y...  tal vez por la paz respirada en el trayecto hacia el parque, por su delicioso acento plantense, o por la jugada matemática del destino, me vi a mi misma como una bola de billar, rodando sobre el paño verde a punto de hacer carambola. Le contesté como lo que él era para mi en realidad, un viejo conocido al que me gustó reencontrar. 

Hechas las presentaciones hablamos de la caída de la pequeña Carolina y los puntos de su frente, de la mía en el hielo de la carretera y cómo, sin saber entonces quienes éramos, la casualidad nos llevó a compartir esos momentos. Nos contamos nuestros gustos musicales, nuestras aficiones, departimos sobre las últimas películas que vimos en un cine...  Por cierto, “Richard Gere” se llama Alonso y es uruguayo. Le expliqué los lugares donde he vivido y por qué yo también cambié de país. Reservé para mi ¿cómo no? la locura, la turbación íntima que me producía su presencia, la desazón que afloró de nuevo en mi. Esa tarde el tiempo batió su propio registro, los sesenta minutos de la clase de Mae corrieron en segundos. Nos despedimos con un vago “hasta pronto”; aunque los dos sabíamos que “por casualidad” volveríamos a coincidir los lunes siguientes. 



12 comentarios:

Luis G. dijo...

Magnífico relato, ensueños y realidades cotidianas, contadas con la maravilla de tu buen hacer literario.

Un beso,

Luis.ñ

Natàlia Tàrraco dijo...

Ardillita!!! Te encontraba a faltar.
Siempre me dejas boquiabierta, de un paseito por el parque en plan guarderia, a un soplo de deseo intensísimo.
Lo que dan los floridos parques.

Besitos muchos y cariñosos, hasta ahora.

J. G. dijo...

un reloj parado por la magia de la foto, me gusta

Celia dijo...

Impresionante relato, Ardi.
(como siempre)
Besos

Susana dijo...

¡Ardilla!

Se te echaba de menos y a tus historias también.

Aunque últimamente yo tampoco tengo mucho tiempo para visitar los blogs, me ha encantado entrar hoy y leer tu nueva entrada.

Un beso muy, muy fuerte.

javier dijo...

...seguro que es solo literario este relato? jejejeje Bueno, ha sido grato leerte un besito

Maat dijo...

Querida Ardilla, ha sido una verdadera sorpresa volver a encontrarme con el aviso de tus letras en mi blog. Siempre es un placer leerte. Nos lo has hecho desear demasiado tiempo. Gracias por volver.

Espero que tu Gere particular, no nos robe tu tiempo bloguero...

Un abrazote.

Maat

MAR SOLANA dijo...

Me gustan tus encuentros por "casualidad", esos pequeños detalles que llenan de sabor la vida... :)

Me alegra tu vuelta, guapa (ya te lo dije :)

Teresa Cameselle dijo...

Cada vez escribes mejor y cada vez eres más tacaña con las entradas en el blog, jaja, las espacias demasiado.
Me queda la duda de cuánto hay de realidad y cuánto de literario en esta historia. Pero ahí está el encanto.
Un beso, Cati.

Ardilla Roja dijo...

Hola, guapos y guapas:

Me alegra mucho encontraros aquí, en esta casita que tantas alegrías me ha dado. Ha sido una temporada difícil; pero como bien dice el saber popular no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Cuando te caen por todos lados sólo hay dos opciones, abandonas o flexionas las rodillas, aprietas los dientes con fuerza y saltas para arriba.

Bueno, a lo que vamos. Teresa y Javier se preguntan qué hay de literario y qué de real en esta historia. No voy a contestar.Si se desvela el misterio la historia pierde su gracia. Lo dejo a vuestro libre pensamiento.

Gracias a todos por vuestras palabras y la visita.
Os dejo un fuerte abrazo.

CAS dijo...

Me encanto el relato y además, no se por qué se me ocurrió que algo tenía de especial para mi.... ME HAS ROBADO EL RICHARD GERE DE AQUÍ, jajaja

Besotes

Verónica Marsá dijo...

Así es, muy buena esa!

Es una experiencia bien conocida, el que busquemos unos ojos o una sonrisa en un lugar y momento determinados, en relación con que algo nos removió por dentro, y que no se cruce palabra con ese alguien...

Bien contado, bravo.

Besito y café.

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