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Bienvenido a mi árbol. Deseo que te sientas a gusto en cada una de estas ramas y disfrutes leyendo como yo al escribir. Aquí encontrarás relatos, poemas, experiencias diversas y frases favoritas de Catalina Buher, mi "alter ego" humano. Eres libre de opinar, comentar, sugerir o criticar, siempre que lo hagas con respeto.


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lunes, 8 de marzo de 2010

Verano de 1970 - "Patapalo" y cómo soporté los sudores ajenos.


El verano de 1970 lo pasé con mis abuelos. La vida en el campo discurría tranquila, sin sorpresas. El abuelo trabajaba en las parras de la finca del médico del pueblo y la abuela cuidaba de la casa y los animales. Yo me encargaba de sacar los huevos del gallinero y el resto del día, si mi primo Pepe no estaba castigado (cosa que le sucedía a menudo), enredábamos en lo que se nos ocurría; buscando tesoros, cazando bichos, o asustando a la gente que circulaba en bicicleta por el camino. Camuflados detrás de cualquier arbusto, esperábamos pacientes a que la víctima estuviese a nuestra altura y llegado el momento gritábamos con todas nuestras fuerzas: ¡Aaaaah!  El objetivo era que perdiesen el equilibrio. Rara vez fallábamos. 

Por las noches los vecinos se reunían para tomar el fresco y charlar. La luz de gas de mi abuela parecía un faro que los guiaba desde sus casas.  Si venía Pepe jugábamos al escondite o contábamos chistes; aunque su pasatiempo favorito era cazar polillas y toda clase de coleópteros, que después metía en un tarro de cristal con una torunda de algodón mojada en alcohol. Me apenaban un poco esos pobres resbalando por la superficie lisa y dando traspiés hasta caer muertos.

Estábamos sentados en la acera observando un escarabajo cornudo, cuando un crujido rítmico y seco que provenía de camino me sobresaltó. Cras, cras, cras… 
¾ ¿Qué es eso?  —le pregunté.
¾ ¡Corre!,  vamos a escondernos.
Fuimos al comedor, a oscuras; detrás de las cortinas. Era el mejor sitio para no ser vistos y captar con detalle lo que hablaban los mayores. La abuela sacó una silla al recién llegado. No me fijé en su cara, mi interés se centró en aquella rara extremidad que rechinaba contra el suelo; un madero erguido y recio que al sentarse dejó asomando por la pernera del pantalón. Pepe me explicó que el cojo había perdido la pierna por hacer algo indebido. —Grave debió ser—, comenté sin apartar los ojos de aquella extraña visión. Ni se inmutaba cuando los bichos se paraban en su zanca. Imaginé que si alguna polilla ponía huevos en ella, la carcoma se la comería sin piedad  cocri, cocri, cocri...   Quedaría minada de pequeños agujeros y por las mañanas sus sábanas estarían llenas de serrín fino y canoso como el que caía de vez en cuando del viejo arca de la bisabuela.

De pronto alguien comentó que la Guardia Civil había encontrado a una mujer ahorcada en un garrofero. La noticia nos sacudió a todos. Ver latas de leche condensada y cintas de plástico colgando de los frutales era habitual, hombres podando las ramas también; aunque nunca suspendidos de ellas.  —Seguro que ha sido el cojo "Patapalo", la otra noche lo vi arrastrando un bulto por el bancal —susurró Pepe. Rechacé la imagen de un manotazo y ni que decir tiene que esa noche no dormí. 

Al día siguiente era domingo y acompañé a los abuelos a la misa de la tarde. Por una ley no escrita se acudía con bastante antelación; los sitios más frescos y sombríos eran los primeros en ocuparse. Las señoras, ataviadas con sus mejores vestidos desplegaban sus abanicos que aleteaban como mariposas gigantes entre rosarios y labios pintados de rojo carmín. Los hombres, siempre más discretos, se limitaban a esperar la entrada del cura. La abuela murmuraba una oración. Yo también recé; le prometí a Dios que siempre sería buena, que me comería todo lo que me pusieran en el plato y que nunca, jamás, en la vida, contaría mentiras.  No quería quedarme coja, manca, ciega, o lo peor de todo; acabar colgada en un árbol como aquella pobre mujer.
De repente una especie de un cuervo negro con aroma de vetustez, invadió mis pensamientos y mi intimidad: 
— ¡Huy!, ¿esta nena tan guapa es tu nieta? — (muas, muas, muas, requetemuas).  
La abuela, reservada y prudente le contestó que si; pero que yo no era guapa, sólo normal. Su respuesta no me entusiasmó; si bien resistí peor la viscosidad de aquel sudor frío, pegajoso, y sobretodo ajeno, que aquella siniestra mujer acababa de untar por mis mejillas. Su olor a humedad rancia y perfume barato de Maderas de Oriente se adhirió a mi piel como un baño de cera fundida. La pileta del agua bendita estaba cerca, mas el cura salía en ese momento de la sacristía y no tuve más opción que limpiarme el asco en el revés de la falda. 

Al otro domingo atisbé a la misma señora enlutada en el banco contiguo y a su lado reconocí la tiesa e inconfundible pata de palo del cojo.  Escruté su físico con la luz del día: Calvo, con la tez demacrada, arrugada, ojerosa... Su color cerúleo era más turbador que su cojera. Él respondió a mi descaro con una inesperada sonrisa y entonces decidí que tal vez no fuese un criminal, si no un vengador de niños agraviados. No había nada que temer, si estaba al lado de aquella viscosa mujer sería para ajustarle las cuentas. Una teoría sin demasiada base; no obstante me sirvió para sortear mejor las fatales muestras de afecto que las conocidas de mi abuela me regalaban de vez en cuando. Ya te pillará el cojo, me decía cuando me besuqueaban.

Los días continuaron en una apacible rutina entre misas, sudores extraños, los juegos con Pepe y las tertulias al fresco. De la mujer que encontró la Guardia Civil supimos que no era más que una suicida, ella  sabría por qué. 

Dispuesta a hablar con “Patapalo” sobre mi conjetura, estuve atenta a los ecos del camino todas las noches; pero el cojo no volvió. Al terminar el verano regresé con mis padres. Una tarde, de vuelta del colegio, me paró el cartero en el portal y me entregó una misiva de la abuela. Entre otras noticias nos comunicaba la muerte de "Patapalo". La misma enfermedad por la que le quitaron la pierna, acabó con su vida. Ese día aprendí que no hay que no hay que hacer caso de habladurías, que las apariencias son engañosas y que puedes sentir a alguien cercano aunque no le conozcas.  Yo había perdido al cojo y lloré. 

23 comentarios:

MORGANA dijo...

ARDI..LA VIDA ESTA LLENA DE MENTIRAS...MUY BELLA TU HISTORIA , CON ESOS RECUERDOS D LA INFANCIA IMBORRABLES.
UN MILLON DE BESOS.
MORGANA

Reflexiones de Emibel dijo...

Ufffff qué angustia, niña!!
Y qué descriptiva tan genial, he recorrido junto a tí cada rincón de tus recuerdos.
Felicidades.
Un beso

Mari Carmen dijo...

Ay, Ardilla, qué bonita manera de contarnos aquellos días. De niños se vive todo con tanta intensidad que aún hoy, ya adultos, seguimos conservando aquel sabor, el olor, el calor, todo, de lo que nos hizo estremecernos, reir, pensar...

Me ha encantado leerte, Ardilla :)

Un beso

Sinuhe dijo...

Supongo que nuestro aprendizaje infantil está basado en este tipo de historias, de la mayoría ni nos acordamos, pero solo experimentando se puede ir separando el grano de la paja. Menudos veranos que te pasabas Ardillita¡¡ jeje
Si te sirve de consuelo, yo también hacía lo de las polillas, jeje

Abrazotessssssssss

tag dijo...

Que bueno, Ardillita, cuando he leido Patapalo me ha venido enseguida a la cabeza una canción que cantaban mis niños cuando iban al colegio. "Patapalo, es un pirata malo, que come cerdo asado y....." no me acuerdo de más, pero si de la musica. jajajaja, creia que nos iba a hablar de algun piratilla, pero ya veo que no.
Siempre que nos cuentas cosas de tu infancia, nos tienes encandilados hasta el final.
Lo relatas tan bien, que lo vivo, te veo de chiquitina detras de la cortina escuchando a los mayores.
Y luego, ese beso pegajoso, buffff, pobres niños, lo que tienen que aguantar, jajaja.

Feliz dia de la Mujer Trabajadora. ¿Alguna no lo es? Imposible.

Besitos

MAR SOLANA dijo...

Ardi:

Bonitos recuerdos estivales en pueblos todavía apacibles, menos mal que nuestras almas atesoran estas películas :=)¿verdad?

Lo que más me gusta es tu reflexión final, las apariencias no son sólo engañosas, es que a veces nada es lo que parece...y por supuesto lo de coger cariño a alguien sin aún conocerle...¡es lo que me pasa a mí contigo!! jeje

Besos, wapa.

Aire de Alhena dijo...

Ya sabemos lo que hiciste aquel verano :)

Me encantado leerte, me has recordado los mios en el pueblo de mi madre.

Un abrazo Ardilla.

Neogeminis dijo...

Estupenda manera de meternos en esas historias que sin duda seguirán vivas y frescas en tu mente, aunque sigan pasando los años.
Un abrazo!

Ardilla Roja dijo...

Morgana, Emibel, Mari Carmen, Sinuhé, Tag, Mar, Alhena y Neo Agradezco vuestras palabras. Es un placer teneros bajo este árbol a pesar de su escasa productividad.

Un abrazo.

José Ignacio dijo...

Si tuviéramos que hacer caso de todo los comentarios que circulan estaríamos perdidos.
No me digas cual es la razón pero pocos son positivos.
Un saludo

mar dijo...

Hola Ardilla
que bien lo has relatado, me he sentido junto a tí viendo tus travesuras infantiles junto a esa cortina y me has hecho recordar aquellos besos viscosos que nos daban los vecinos de los pueblos encuanto llegábamos de vacaciones
Un beso de Mar

gustavo dijo...

CUAND0 PUEDAS, Y SI A BIEN L TIENES ME MANDAS TU EMILI0, ....ES PARA TRATAR DE S0UCI0NAR A MI MANERA L0 DE LAS

gustavo dijo...

SE ME HABIA ATASCAD0 .....
BIEN, TE DECIA QUE ME MANDARAS TU EMILI0 SI A BIEN L0 TIENES, PARA P0DER MANDARTE LAS ACTUALIZACI0NES
MI EMILI0 ES
gustavo5620z@hotmail.es
gracias

MIGUEL NONAY dijo...

Me ha encantado el relato, realista y adictivo, se me ha hecho tan corto, que lo he leido varias veces.

Todo un regalazo Ardilla.


Besitos desde una fría e invernal Zaragoza.


A Salto De Mata

Teresa Cameselle. dijo...

Así que en vez de perderte en la ciudad con el resto de los viajeros del bus, preferiste volver al pueblo y regalarnos otro pedacito de memorias agridulces y olorosas.
Y que no pueda reñirte por esto...

Miyita dijo...

Estupendo relato. Besos y abrazos muchos, gracias por estas hermosas entradas

emilio dijo...

Gran relato... sea realidad o ficción de gran viveza.
Y tu de quien eres, que me decían a mi cuando visitaba el pueblo materno... recuerdos del pasado, de otra época.

Un abrazo.

Abi E. dijo...

Hola Ardilla, ademas de escribir muy rquetebien, me has hecho volver a mis recurdos de infancia en casa de mis abuelos. Que tiempos aquellos que siempre viviran en nuestra memoria si el Alzheimer no lo impide.

Un besote
el lio de Abi

Ardilla Roja dijo...

José Ignacio, Mar, Miguel Nonay, Teresa, Miyita, Emilio, Abi, Gustavo: Gracias vuestra visita. Quedó un poco largo, sorry

Abrazos a todos/todas

Mercedes dijo...

Oye, Ardi, este me parece un buen relato; un relato magnífico. Te manejas de primera en la narrativa, se lee cómodo y fluido. La historia está muy chula y la voz del narrador/ra es la adecuada para lo que se cuenta y quien lo cuenta. Además, es una de esas historias que rescatamos de la memoria porque nos dejaron huella; claro que hay que darles forma para ofrecerlas al lector como una joya. Eso es lo que pienso, nos has traído una joya.
Ya puedes enviarla a un concurso (no importa si gana o no, pero debe volar. Quién sabe dónde habrá otros lectores a los que les deje huella o les haga pasar un ratito agradable como a mí.
Chica, vas del diez, je, je.
Besillos de cuento.

salvadorpliego dijo...

Se me quedó un nudo en la garganta...

Te mando una gran sonrisa y un gran abrazo.

MIGUEL NONAY dijo...

Gracias Ardilla, por los comentarios en mi blog y las acertadas aportaciones que realizan.

Me encantan.

Besicos guapa y cuídate mucho


A Salto De Mata

Pepe dijo...

Me ha encantado tu forma de sumergirnos en episodios de tu infancia. Preciosa la forma en que nos has descrito que no hay que hacer caso de las apariencias y como, los episodios vividos en la infancia, nos van formando y nos van haciendo madurar hacia la adolescencia y madurez.
Un abrazo.
Pepe.

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